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Javier Soria Vázquez
Inducción
2015

El mundo es un pedido y una hipnosis.
Mover a alguien para.
Darle motivos.
Toda conversación sucede en el pasado.

Inducción, de Javier Soria Vázquez, se activa con el tacto. Se trata de una performance del espectador escondida detrás de una pintura. Un plano gris es el fondo de una figura geométrica que desea ser recorrida en su perímetro por los espectadores. La figura desea y el espectador accede, actúa y la modifica. El cuerpo se vuelca sobre el plano y no solo mira sino que escucha y lee.

El encuentro de las formas del cuerpo con las líneas rectas de la figura no podría ser más armónico: lo sensible es una forma de fricción mecánica.

La pintura es el elemento conductor para un diálogo que pretende ser una sugestión recíproca de superficies. Pero las consecuencias de este acercamiento, de esta acción provocada hacia el espectador, son mayores que ese diálogo sensorial, maquinalmente sensual con el cuadro. Lo que sucede es que queda subyugada la posición de atenta vigilancia frente a la obra. Caen nuestras armas intelectuales, cae la posición de enunciación frente al cuadro; su vivencia hace que suspendamos la pregunta por lo que vemos. En palabras de Didi-Huberman: ‟La emoción es el momento en el que uno está muy cerca: cuando se superponen la mirada y el tacto”. Y así, somos cautivos del cuadro. Nos contagia con la lógica de esa peste que significa acercarse, rozar, vincularse.

Estamos dentro del marco y oímos la remota voz de esa mano que pintó lo que ahora recorremos. Contigüidad física que genera una danza coreografiada por un director riguroso, de ángulos precisos y pulso industrial. Habla el espectador con el cuerpo aquí y ahora, responde preguntas que han sido hechas atrás en el tiempo.

Nunca se habla con los otros, siempre se habla con las huellas que han dejado.

Mariana Lerner